sábado, 29 de noviembre de 2008





Me siento y decido qué elegir, como me enseñó la vida. Un número del 1 al 10, al azar, la cantidad de árboles del patio de enfrente. Siete, si 7, porque es mi número preferido, y la señora de la casa ni siquiera lo sabe. Pasa un auto, pasa otro, otro, otro, hasta el número 7. Entonces, como el telefono todavía no sonó, te llamo. Corto. Ya lo habia decidido pero algo pasó. Algo pasó y yo sigo aca afuera, como intentando ver a través de la pared.
Te juro que a veces lo intento. Y espero, llega el auto, abris la puerta, obviamente no me ves, por suerte? o porque?
No me ves y no me parece tan mal. No creo que fuese una visita esperada, no sé porque pero intuyo que no. Pero mejor me voy. Y ahí si me ves, en el momento menos oportuno, veo un poco nublado, no entiendo porque pero estoy casi llorando, y te acercas feliz, porque no entendés nada, como siempre, ajena a todo. Eso es lo que me gusta de vos. Me das un abrazo, de esos que sólo das vos, tenés algo especial en los brazos. El mira de lejos, que no entiende nada, pero siempre esta ahi reboloteando, y yo lo miro por encima tuyo, pero enseguida me soltás y me miras, me hablas como siempre. Y yo tan cerca, o tan lejos, dependiendo de vos o de mi, respectivamente. Me invitás a pasar. En serio, nunca entendés nada. Te digo que me espera alguien, y vos miras para abajo, y ojalá esa mirada significara lo que espero, pero sé que no y me voy. No quiero ilusionarme otra vez. Camino, camino una cuadra, y me siento a kilometros de tu casa, del lugar que me estan ocupando. Espero el colectivo, o el colectivo me esperaba a mi. Me subo y me doy cuenta que a nadie le importa si lloraba o si lo ocultaba. Como si fuera poco recordar tu cara de felicidad y toda esa confusion que sentí: el boleto. No lo hacía hace tiempo, desde el colegio supongo. Pero sumo los números y me da la letra de tu primer nombre, ese que te encanta pero nadie te lo dice, por esa costumbre de llamar a la gente por su segundo nombre. Y aguanto, un poco más. Suena el telefono, y no lo miro porque sé que no sos vos. Porque no hay desilusión más grande en días normales que esperar un mensaje, una llamada tuya y que nada de lo que llega tenga tu nombre en el remitente. Escucho ese tema que tanto te gusta, de una banda que no hubiese conocido nunca si no te hubiese conocido a vos. Me bajo, mil cuadras antes porque no soporto recordarte y voy a caminar mirando el piso para no ver nada. Y aunque intenté caminar lo más despacio posible no puedo parar de llorar. Llego a casa y no estás, como desde hace tiempo. Mi hermana me dice "te llamo.." con cara de... no sé, en ese momento no presté mucho atención pero estoy seguro que sabía que me iba a alegrar el día su noticia. Busco el teléfono, y no puedo creer no haberlo mirado antes, no haberme dado cuenta que ibas atrás mío, que ahora no había vuelta atrás, que otra vez me había equivocado. Que te había perdido, que la cara era porque ese día.. iba a ser el último, la última visita, porque te ibas, porque ese auto color verde claro (color que, a partir de ese momento, es color desilusión y recuerdo) escondía algo más que una visita normal. Sali corriendo. Llegue y no estabas. Ya era tarde, otra vez era tarde, excesivamente tarde.